Sentada a la mesa, Claudia se dejó aconsejar. Era la reina de la eterna indecisión y ante la carta de un restaurante podía pasarse horas. Felizmente, en aquel local el cocinero abandonaba los fogones y salía programar la cena de sus clientes.
- ¿no te parece guapísimo?- le preguntó su acompañante, cuando el chef volvía ya hacia la cocina.
- Hmmm, ¡qué culo, qué suave movimiento, qué dulce su cintura, oh qué piernas!
- ¿has visto el bolso de esa chica?- Claudia miraba hacia la entrada del salón, por donde una mujer elegante se acercaba con un bolso en la mano, aferrándolo como si fuera el objeto más preciado de su vida.
- Pues no- rugió el otro-. Si te parece me pierdo ese contoneo de locura por un simple bolso.
- ¡¿Simple?! ¡ Es un Dior, querido!
- ¿ Y qué tiene de excitante, si puede saberse?
- Ro, estoy en un momento de mi vida en que un bolso de Dior me resulta más sugerente que un hombre vestido de mandil. Hmmm… Fíjate que curvas sensuales, su piel electrizante, el charol es tan sexy…excita mi imaginación.
- Clau, estás echada a perder …Ay, mira con disimulo a tu izquierda. En esa mesa…
Claudia miró por el rabillo del ojo y se encontró con un tipo que llevaba la camisa más justa que había visto jamás. Era fina, casi transparente, quizá lino, pero se ajustaba impecablemente, como si llevara licra…Se quedó mirándolo, intentando entender qué hacía un hombre aparentemente con clase, en un restaurante con clase, vistiendo como si fuera una fulana reventando escote. Enseguida se dio cuenta. Era eso. Es que tenía un cuerpo de infarto y la única manera de lucirlo era ir marcando torso y poniendo a prueba el cosido de los botones.
- No me digas que no te pone
- Pues no, Ro. Me pone más el pícaro tirabuzón dorado que hace el vino al caer en mi copa. Me pone más la obscena textura de esta vieira tibia empapada de vinagreta que penetra ahora por mi boca y estimula mi garganta al introducirse por ella de mi lascivo estómago…
Claudia entreabrió los labios, sacó la lengua lujuriosamente, y, sin querer, por la comisura se le escapó un hilillo de aceite, que fue resbalando por el cuello hasta llegar a la seda de su vestido, donde abrió despacio un cerquillo grasiento.
- Pues a mí me está poniendo a cien nuestro vecino el musculitos…¿Cómo chupa los muslos de codorniz!- y al advertir el aceitoso lago de grasa expandirse por el pecho de Claudia-: Mira que eres guarra, Clau, estás borracha.
- Sí, es cierto, el tipo está babeando…debe de estar delicioso.
- ¿Y ahora qué? ¿piensas estar toda la noche con esa porquería encima?
- Nooo…Voy a tratar de solucionarlo.
Claudia se levantó y dirigió al baño. Allí se echó agua encima, intentando limpiarse, y al percibir el liquido correrle a través del tejido, sintió más ganas de echarse agua encima, como si estuviera ardiendo y necesitase apagar las llamas. Cuando se quiso dar cuenta, la humedad le había alcanzado los pezones, que sobresalían en punta y se le transparentaban descarados. Ante el espejo del lavabo se tocó y acarició los pechos, y después una mano quiso írsele al vientre para luego escurrírsele hacia abajo. Era el día de San Valentín y había elegido cenar con un amigo gay, pues era de la opción que sin tentación no hay decepción. Y ahora estaba empapada y excitada. Pensó en recuperar el control. Decidió quitarse el vestido con la idea de ponerlo bajo el secador de manos, y al iniciar la maniobra se le enganchó el pelo en uno de los botones traseros. Ciega y en ropa interior, trataba de desasirse.
- Ah, perdón, me he equivocado – escuchó Claudia la puerta abrirse y la frase en cuestión.
- No te vayas por favor, ¿me puedes ayudar?
- Sí, claro.
Claudia sintió unas manos fuertes cogerle la cara a través de la tela y un cuerpo forcejear con su vestido y pegarse a ella por detrás. No veía nada, no sabía quien era. Recordó entonces que para que no se le marcara la ropa, no se había puesto bragas, solo unas medias hasta el muslo, que le dejaban, como en exposición, de ombligo para abajo todo el aire. Sin embargo, poco tardó ese depilado territorio en ser protegido caballerosamente. Una púdica mano ajena lo cubrió en dos segundos, para ir luego tomando posiciones en él. Dos dedos introducidos, otro frotándole sin piedad el apetitoso botoncito del placer, y el último dedo en coger sitio se le fue a encajar, como una culebrita, en el agujero de atrás. Con el rostro tapado y sellada la boca, acariciada por todos los flancos, Claudia se corrió enseguida y salvajemente.
- Ahora me toca a mí
Sintió que la soltaban. El vestido se liberó y cayó al suelo. Ante sus ojos vio al macizo musculoso bajándose la bragueta y sacando un formidable animal.
- No recuerdo haber pedido rabo de toro…- alcanzó a decir ella.
- Es una recomendación de última hora. Verás qué rico…Déjalo entrar, preciosa. Déjalo entrar...
Y en un segundo fue ensartada. Claudia ronroneo mimosa cuando sintió el increíble volumen de aquella masa de recia carne encajarse perfecta en su entrepierna. Cuánto tiempo sin probar bocado y ahora tal atracón de golpe. Tuvo miedo de desfallecer de placer.
- Es algo oscuro, íntimo, innombrable, sentir a la vez la carne y la esencia nombre en tu interior - le dijo, inspirada.
- Es algo dulce e intenso, es algo auténtico, esta preciosa sensación de amparo en el interior de una mujer – dijo el otro, sin perder al ritmo.
Salieron del año por separado.
- Ya he pagado. ¿Nos vamos? – dijo Ro, incomodado por la tardanza.
- Sí, claro. Lo siento – Claudia le puso carita de pena
Conforme salían del restaurante, Ro se apiadó.
- Hija, Clau. Tienes que cambiar de actitud. Así no te vas a comer una rosca jamás.
- Tenemos que volver a este sitio. Me gusta cómo cocinan…
- Sí, es verdad. Y lo elegimos al azar. Desde luego, no hay nada como no planificar.